Grandes esperanzas puede concebirse como el epítome del período experimental de Dickens, como el colorario de una serie de reflexiones sobre la actitud cruel que el conjunto social exhibe sistemáticamente hacia el individuo, combinada con la sospecha creciente -expresada además en un tono aún más descreído que el de las novelas de juventud- de que acaso las bondades de la sociedad victoriana -y del programa ideológico que defiende- conducen, de forma irremisible, a la destrucción del individuo. La diferencia entre un revolucionario y lo que Marx llamaba un burgués es que el burgués considera el orden social existente como único sistema estable y natural mediante el cual puedan organizarse las sociedades humanas, acaso con una reforma necesaria aquí y allá de vez en cuando, pero sin dejar de ser, en esencia, el sistema bueno y sano, correcto, respetable, propio y eterno. Para el revolucionario el sistema es transitorio, erróneo, censurable y patológico: una enfermedad social que debe ser curada antes que tolerada. Solo hay que comparar a Trollope y Thackeray con Dickens para darse. cuenta de esto
George Bernard Shaw