No te engañes: eso que llamas la experiencia humana es sólo una masacre de capas de cebolla. Digo masacre por decir cualquier cosa, una metáfora genérica intercambiable. Aunque, si te lo piensas, nada sabe tanto a sangre como una cebolla descuajaringada, cortada en rodajas contra el vidrio de la mesa y reventada a golpes de mango de cuchillo y tallada en cuadrícula con profundos cortes. Tiene que ser por el olor. Las salpicaduras de zumo transparente ciegan de llanto a los depredadores y hacen que todo apeste a pulpa y hemorragia, a recio hierro cristalino, circulación y vaho más que materia sólida. También es cierto que, bien machacada pero con el rabito peludo, despeinado e intacto, la cebolla parece menos un vegetal que un bicho muerto. Así que sí: no te engañes, eso que llamas la experiencia humana es sólo una masacre de capas de cebolla. Uno lo nota siempre, pero más cuando se trata de contar una historia. Lo primero que hacemos es elegir la capa más perfecta y transparente y menos rota de la cebolla que nos ha tocado en suerte.