A finales de 1985, Héctor Abad Faciolince empezó a llevar un diario.
Fue el resultado de constatar que, aunque quería ser escritor,
escribía muy poca ficción y mucho sobre sus obsesiones. Quería
dejar escrito, al menos, que era incapaz de escribir. Sus diarios se
nutren de la parte más oscura de su mente y su existencia. No se
exponen aquí las partes luminosas o edificantes de su vida, sino
las sombrías. En ellos rara vez se relata lo amable, lo alegre, lo feliz:
se alimentan, casi siempre, de su insatisfacción, de sus penas y de
sus vergüenzas. Un testimonio fascinante sobre cómo nace una
vocación y cómo se enfrenta a la dolorosa y emocionante aventura
de vivir.