Al pasar por delante del número 17 de Swann Street no se advierte nada misterioso. Ningún detalle en la fachada de color rosa melocotón sugiere que, en su interior, los teléfonos móviles sean confiscados, los espejos estén prohibidos, los cuartos de baño se cierren con llave y las residentes deban terminarse seis comidas diarias. Sin excepción. Existe otra regla fundamental en ese lugar, una palabra de ocho letras que no debe pronunciarse jamás: anorexia.