Reencuentro con el Señor Bello

Reencuentro con el Señor Bello

Maar, Paul

Editorial Siruela
Colección Las tres edades, Número 227
Fecha de edición septiembre 2011

Idioma español
Traducción de Krause, Ute
Ilustrador Falcón Quintana, María

EAN 9788498416114
240 páginas
Libro encuadernado en tapa dura
Dimensiones 140 mm x 215 mm


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P.V.P.  19,95 €

Sin ejemplares (se puede encargar)

Resumen del libro

«Paul Maar consigue como ningún otro autor apasionar y fascinar a sus lectores. Les hace leer y reír, pero también reflexionar y participar. Goethe-Institut
¡Vuelven la intriga y la diversión en esta nueva historia de Max y señor Bello, su perro hablador! En esta aventura, ambos vuelven a viajar a casa del loco don Melchor, quien en su día elaboró el famoso elixir azul que transformó a Bello en persona y después en un perro hablador. Pero de camino a casa de don Melchor, Max y su perro son espiados y de pronto Bello desaparece. Max está convencido de que algo malo ha ocurrido...
«Emocionante, divertido y lleno de sentimiento: ¡un libro que enamora! Frankfurter Allgemeine 1
BELLO TIENE PREOCUPACIONES
Bello relata:
Antesdeayer estuve con Max en la ciudad.
Fue muy interesante, había nuevos olores que rastrear.
Incluso uno muy desvurguinzado. Quiero decir: desvergonzado.
En la esquina, junto a la puerta de nuestro piso, había meado otro perro. Alcé la pierna y borré su olor con el mío. Después de todo se trata de mi territorio.
Salvo a mí, a ningún perro se le ha perdido nada en él.
Por el camino nos encontramos también con otros perros. Un schnauzer se comportó de forma bastante grosera y me ladró a pesar de no haberle hecho nada. No
tuve más remedio que devolverle el ladrido. Y eso a pesar de que Max siempre sonríe de forma irónica y me hace observaciones cuando me comporto como un perro con los demás perros.
-Bello, aunque eres completamente bilingüe, ¡tengo siempre la sensación de que no quieres decir nada cuando ladras algo a los otros perros! -dijo-. Porque ese guau, guau, guau no es un lenguaje propiamente dicho, ¿o sí?
No le respondí. Al fin y al cabo, no debo hablar en abierto. En público, quiero decir.
La mayoría de los perros son amables y quieren correr conmigo. Pero de algún modo siento que ya no pertenezco a su mundo. Lo más estúpido es que tampoco formo parte del mundo de las personas. ¿Qué persona tiene pelaje y camina a cuatro patas? En cualquier caso, me llevo bien con otros perros.
Únicamente resulta difícil hacerlo con las personas.
En especial cuando son pequeñas. En la ciudad nos cruzamos con una tropa de pequeños. Su dueño los había sacado a pasear un rato.
-No se llama dueño sino profesor -me explicó Max
cuando se marcharon y me quejé a él de los pequeños-.
Era la clase de un colegio. Estaban haciendo una excursión.
-¡No estaban haciendo ninguna excursión, estaban burlándose de los perros! -dije-. Todos los días lo mismo. ¡Me hacen perder los estratos!
-Querrás decir los estribos -me corrigió Max-. Y no hables tan alto. Aunque no haya nadie cerca.
Max relata:
Cuando llegamos a casa, el humor de Bello no había mejorado. Y cuando está de malhumor es incapaz de estarse quieto. Así que recorrió de un lado a otro la habitación:
a un lado, a otro, otra vez a un lado, otra vez al otro. De la puerta de mi cuarto a la ventana, de la ventana a la puerta. De un lado a otro sin parar.
Yo estaba sentado a mi escritorio haciendo los deberes.
Mejor dicho, intentando hacer los deberes. Porque las idas y venidas de Bello me molestaban y mucho.
-¡Siéntate de una vez! -dije dejando a un lado la pluma.
Y como Bello seguía yendo de un lado para otro, le ordené:
-¡Siéntate, Bello, siéntate!
¡Pero mi perro no tenía la menor intención de sentarse!
Bello relata:
«¡Bello, siéntate! Así se le puede hablar a lo mejor a un perro. ¡Pero no a un amigo! Así que actué como si no fuera conmigo.
Max se dio cuenta de que tenía que decirlo de otro modo.
-¡Ven aquí, Bello! ¿Qué te pasa? -preguntó.
Aquello era mucho más amable. Me senté a su lado sobre la alfombra y apoyé mi cabeza en su rodilla. Me acarició el pelo y me volvió a preguntar:
-¿Qué sucede? ¿Qué tienes?
-Lo de la oreja derecha larga aún pasa...
-Sí, estoy de acuerdo -dijo Max.
-¡Pero es lutoso! -maldije.
-¿Quieres decir luctuoso? -preguntó Max.
-No -respondí.
Cuando me pongo nervioso o siento rabia por algo no me salen las palabras correctas. O digo algo distinto a lo que pienso. La mayoría de las veces ayuda que me rasque primero la oreja con la pata trasera.
-No, es latoso -dije cuando por fin me vino la palabra correcta-. Muy latoso. Los largos casi nunca dicen nada, simplemente me miran de forma estúpida.
-Los adultos -dijo Max.
-Sí, los largos adultos. Pero los cortos...
-Los niños -dijo Max.
Siempre me tiene que corregir, aunque esté bien claro. ¿O acaso alguien ha visto a un adulto corto alguna vez?
-Sí, los niños -repetí-. No son capaces de morderse el lenguado.
-La lengua, quieres decir -corrigió Max-. El lenguado es el pescado que te gusta tanto.
¡Como si no lo supiera! ¡Cuántas veces habré comido lenguado!
-Sí, sí -respondí-. Me he equivocado. No son capaces de morderse la lengua. Enseguida se ponen a gritar: «¡Mamá, mira qué perro tan raro! ¡Tiene una oreja larga y otra corta!. O me dicen: «Pero ¿qué clase de perro chistoso eres? ¿Qué ha pasado con tu oreja izquierda? Es muy corta. Me encantaría responderles: «¡Lo que dices es una auténtica chorrada! No es que la oreja izquierda sea corta. Es que la derecha es demasiado larga.
Un tal don Melchor me la alargó con un brebaje mágico . Pero sólo puedo hablar cuando estamos los dos solos.
-No es del todo cierto -comentó Max-. Con papá y con Verena también puedes hablar. Naturalmente cuando nadie más puede oírte.
-Y ahora, para más inri, lo de mi pelaje -dije-. Ahora gritan: «¡Mira, mamá, mira qué perro tan raro! ¿Qué le pasa? ¿Se ha caído dentro de un cubo de pintura?. No me gusta que se burlen de mí.
-Sí, luego te emberrinchas -afirmó Max.
-¿Me emberrincho? ¿Y cómo te das cuenta? -pregunté.
Max soltó una carcajada.
-Porque gruñes.
-¿Gruño? ¿De veras? -pregunté.
-¡Y cómo!
-¿Como un perro o como una pursona? -pregunté.
Enseguida me percaté de que me había vuelto a equivocar y dije:
-¿Gruño como una persona?
-No, como un perro -respondió Max-. Al fin y al cabo, eres un perro.
Max relata:
Bello guardó silencio durante un rato con la mirada perdida. Reflexionaba.
-¿Soy realmente un perro? -preguntó entonces alzando la vista hacia mí.
-Sí, claro -respondí-. Tienes pelaje, hocico, caminas
a cuatro patas y... y...
-...y puedo hablar. Y pensar -dijo Bello-. ¿Un perro normal habla el lenguaje de las personas? ¿Un perro normal entiende todo lo que dices?
-Tienes razón -tuve que admitir-. ¿Pero entonces qué eres si no quieres ser un perro? ¿Una persona-perro?
-Por fuera soy el perro Bello. Por dentro soy el señor Bello que fui una vez -respondió Bello-. El perro Bello puede olfatear bien, muy bien. Olisquea cada farola. Le gusta roer un hueso. Ladra a otros perros y puede rascarse detrás de la oreja con el pie. El señor Bello que tengo dentro no tiene muchas veces ganas de correr detrás de otros perros. O de meter la nariz en la tierra porque un ratón ha caminado por ella. Pero Bello es más fuerte y decide siempre qué hacer. El señor Bello no puede hacer nada en contra.
Asentí con la cabeza. Podía entender bien a Bello. En cierto modo me pasaba algo parecido.
-A mí también me pasa eso a menudo -dije-. Sólo que en mi caso no tengo un perro en mi interior que se imponga contra Max. Se trata más bien de mi mono interior, que con frecuencia hace algo distinto de lo que debería hacer.
-¿En serio? ¿Fuiste un mono una vez? -preguntó Bello.
-Sí, hace millones de años -respondí riéndome.
-Pero Max era entonces muy pequeño -dijo Bello.
No pude evitar echarme a reír otra vez.
-Bello, puedes hablar como una persona -dije-. Pero no tienes idea de números. Millones de años significa
hace mucho, mucho, mucho tiempo. En aquel entonces los antropoides se convirtieron en hombres-mono.
-¿Bebieron también del elixir azul y se transformaron?-quiso saber Bello.
Me reí con más fuerza aún. Bello se ofendió.




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