Célebre tanto por su ambición como por su belleza, la condesa de Castiglione, florentina afincada en la París de Napoleón III, se convirtió en una heroína de Italia. Amante del emperador, desempeñó un papel decisivo en la unificación italiana de 1861, aunque quizá su mayor legado fueron los más de setecientos retratos para los que posó en el estudio de Pierre-Louis Pierson a lo largo de su vida. La narradora de este singular y hechizante relato topa por casualidad con una de las fotografías de la Castiglione e inicia una indagación sobre el destino de una mujer que se convirtió en un absoluto enigma a fuerza de mostrarse hasta la extenuación.