María Alcantarilla descubre la voz furtiva y el noestilo de Clarice Lispector y comienza a observar, mirar, y participar de una poesía más orgánica e intuitiva, lejos de aquella que busca un hilo conductor, una argumentación lineal y que se basa en la inteligencia especulativa.
Entre la herida y la cicatriz, la escritura de María Alcantarilla alcanza una madurez expresiva que no está reñida con la pirueta metafórica ni con el pellizco existencial.