No espere el lector aquí una poesía de artificios o de ingenios fáciles. Curiel construye mundos con reglas propias, territorios que parecen autosuficientes pero que dejan entrever, en sus fisuras, la textura de nuestra propia orfandad. Su fuerza reside en esa transparencia entre mundos, en la capacidad de revelarnos que la palabra poética teje, al fin y al cabo, un lugar en el mundo donde es posible deshabitar las ruinas . En este libro, el silencio no es ausencia de palabras, sino la cumbre que se atisba tras la escalada más difícil: la de uno mismo.