Editorial Pre-Textos
Colección La cruz del sur, Número 0
Fecha de edición marzo 2010 · Edición nº 1
Idioma español
EAN 9788492913190
464 páginas
Libro
encuadernado en tapa blanda con solapas
Dimensiones 14 mm x 22 mm
Nada menos que 1775. Ése es el número de poemas que nos dejó Emily Dickinson (1830-1886), de los que sólo vio publicados ocho. Pasó toda su vida en Amherst, Nueva Inglaterra, en el hogar de sus padres, apenas hizo cuatro o cinco viajes fugaces a ciudades cercanas como Washington, Boston o Filadelfia, y sus amores casi cuesta llamarlos así. En un hermoso pasaje justificaba su existencia en soledad: ?Un alma con un Húesped / raro es que marche fuera, / pues la divinia multitud en casa / anula tal deseo?. Así que sin necesidad de traspasar siquiera el umbral de su mente, recorrió las más extrañas latitudes, dialogó con seres de sombra y luz, y volvió ilimitado lo real al convertir las cosas más sencillas y cotidianas en símbolos inagotables. Su grandeza está en haberle sabido dar un rostro al misterio que ella veía en la naturaleza y en su propia alma, en haber practicado un poesía metafísica que no se pierde en abstrusas entelequias, sino que resulta cercana, sensorial, llena de fulgurantes intuiciones. Quizás por eso, de la lectura de sus poemas se sale como de una ardiente bruma, de una inquietante niebla que, a un mismo tiempo, oculta y revela lo que envuelve.
La poetisa norteamericana Emily Dickinson nació en Amherst, Nueva Inglaterra, en 1830. Estudió en la Academia de Amherst y en el Seminario Femenino de Mount Holyoke, Massachusetts, donde se formó en un ambiente calvinista muy rígido, contra el que manifestó un obstinada rebeldía, pero que impregnó profundamente su extraña concepción de Universo.<br> Emily Dickinson se aisló muy pronto del mundo y no admitió, a partir de entonces, entrar en contacto con nadie que no estuviera a la altura de sus conocimientos y de sus afectos, como lo estuvieron, por ejemplo, sus cuatro preceptores : Benjamin Franklin Newton, quien le hizo leer en edad muy temprana a Emerson, y luego el reverendo Charles Wadsworth, el escritor Samuel Bowles y el Juez Otis P. Lord, con quienes mantuvo una correspondencia abundante y asidua a la que hoy recurren todos aquellos que desean ahondar en la aventura espiritual de tan peculiar personalidad.
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