En 1939 se produjo la entrada en Francia de medio millón de personas hombres, mujeres, ancianos, niños huyendo de la metralla y de las persecuciones fascistas. Todas las carreteras de Francia, desde la frontera hasta las primeras ciudades, a lo largo de toda la línea de los Pirineos, fueron cubiertas por esa masa humana, en la que se mezclaban civiles y militares, heridos e inválidos, colonias infantiles conducidas por maestras y maestros. Fue algo indescriptible, que jamás podrá ser narrado con toda su magnitud, con los contornos apocalípticos que revistió para cuántos lo vivimos.