EL cielo reflejado en un cubo de agua me hace pensar en el mar de mi juventud. Pelícanos como gotas de azúcar regresan con la marea alta, mujeres siempre ancianas ponen a secar el pescado y el aire adquiere una densidad semejante a la del humo que despiden los incensarios en la hora cuando las oraciones recuerdan a los muertos. Promontorios de eternidad en las esquinas. Humo petrificado sobre el labio inferior. Y sé que cuando no exista nada que esperar, ni un viaje, ni un susurro que nazca entre los arbustos, ni una sombra que entre a la casa debajo de la puerta, cuando la rama oscile para nadie, cuando la inmensidad no detenga la niebla vespertina, meteré la cabeza en un cubo de agua y gritaré para despertarme en mitad de la muerte.