Como en un río incansable, armonioso, dueño de ecos y de resplandores, fluyen las palabras. La ascensión del verbo y su intrínseco carácter lúdico es una renovación incesante: contempla la expectación del mirlo, la pálida paciencia del eucalipto, el conjuro de los cipreses y la levedad de las golondrinas. Cada composición poética descubre las ciudades y los hombres así lo confirman las referencias a Montevideo, Londres, Japón o Sicilia, los homenajes a Octavio Paz o Jaime Sabines-, la inquietud y la invención: un recorrido cadencioso que designa el rumbo de la sílaba, los dones de la rosa, el destino de las nubes que van hacia la tormenta.