A partir del siglo XVIII imperan dos perspectivas pedagógicas contrapuestas. En la primera se le enseña al niño desde el exterior, se le dirige, se le instruye. En la otra, es el propio alumno quien lleva en sí mismo los medios que le permiten lograr su desarrollo. En ambos casos, la educación es la transformación del individuo orientada hacia determinadas finalidades. Sin embargo, este juego de contraposición no conduce sino a la parálisis de una renovación pedagógica cada vez más necesaria