Obligación es un libro barroco en sus formas y romántico en su hondura. La obsesión por la nada es el cordón umbilical que ata a los románticos con los barrocos, y a los existencialistas con los románticos. Combaten el bien y el mal en este libro, igual que combaten en el mundo. En la lucha entre luz y penumbra, es interesantísima la noción poética de contraluz, que inicia algún poema mostrando implacablemente las sombras de las cosas. Quizá por ello he visto Obligación como un videojuego complejo, con murallas, sótanos y laberintos, de los que sólo saldrían los jugadores más avezados. Lo he leído como una rica alegoría neobarroca, porque es una elaborada fábula moral contemporánea. No debe pasarnos desapercibida la invocación a uno de los mejores y más herméticos poetas españoles, Juan Eduardo Cirlot. Obligación, libro de sabiduría secreta, entra firmemente en el corazón de la vida para dejar dicho todo lo oscuro. También para buscar a tientas el más pequeño resquicio de claridad.