Esta vez Camilleri nos invita a subir a su particular máquina del tiempo y nos transporta a la Vigàta de los años ochenta, que el lector encontrará, sin embargo, muy poco cambiada. En la comisaría, asistimos a la entrada triunfal del inefable Catarella; Fazio es el mismo agente avispado de siempre, y es fácil reconocer a Mimì Augello, fascinado por una u otra belleza, e incluso a Pasquano, con su impenitente sarcasmo y su debilidad por los cannoli. Montalbano, con idéntica intuición pero con bastante menos escepticismo, vive los momentos más apasionados de su relación con Livia, observada de lejos por Adelina con su habitual desconfianza.
Desde el incendio de un hotel, el misterioso asesinato de una, en apariencia, pacífica ama de casa, o los robos de un Robin Hood local, los relatos de Muerte en mar abierto destilan la dosis perfecta de crudeza, ironía e introspección psicológica que han convertido en únicas las historias de Vigàta.