El pequeño anciano de la perilla salió de nuevo de las sombras del almacén hacia atrás, miró a la izquierda y a la derecha haciendo gestos como para dirigir el pesado camión que se dirigía hacia él. Sus manos decían: Un poco a la derecha... Ahí... Todo recto... Suavemente... Izquierda... ahora... Gira... Y el camión, también marcha atrás, cruzó torpemente la acera, entró en la calle donde el pequeño anciano, ahora, hizo señales a los coches para que se detuvieran un momento.