Los traductores han sido históricamente acusados de ser unos traidores. Si a los editores Goethe los enviaba directamente al averno, por ser hijos del diablo, aquellos siguen siendo condenados a un infierno peor: el del olvido. La novelista Amelia Pérez de Villar a su vez traductora de James, Wharton, Kipling, Brontë, Stevenson y d'Annunzio aborda en este breve pero intenso ensayo una reflexión lúcida y comprometida con un oficio que, sin renunciar al rigor y la profesionalidad, considera artesano.