Ella me enseñaba a leer en un libro vencido, un libro de horas para el traspaso del año. Ella enseñaba el final de la página en ciernes y de la voz que habla. Aprendí de su mano el giro de los trazos y cuando aparece el pecado mirando feliz desde la galería oeste. Pero la clase más agria la que concluye y calma toda sabiduría, ésa se daría más tarde.