Frente a las críticas antiparlamentarias de entreguerras y el desencanto con respecto a las instituciones republicanas, Kelsen ofrece una definición de la democracia que enfrenta las oposiciones clásicas a esta forma de gobierno. A las objeciones que deslegitiman el juego democrático, so pretexto de que es incapaz de producir una decisión "correcta", Kelsen opone su relativismo, que sitúa los conflictos y su resolución pacífica en el corazón de la vida de las instituciones. Sus reflexiones sobre el fenómeno democrático hacen eco a su positivismo jurídico, y ambos diseñan una doctrina coherente, profundamente marcada por el rechazo a la trascendencia y la renuncia a la regla "justa".