¿Y si reinterpretar Hamlet fuera una oportunidad para hablar de la propia ceguera, de la irresistible pasión por el teatro y de la crisis creativa? ¿Y si en cada Hamlet se pudiera volcar la historia de tu pareja y la particular relación con el padre? ¿Y si la invidencia, como en el caso de Gianfranco Berardi, no supusiera un impedimento físico sino una herramienta para desenmascarar las vanas apariencias de la realidad? ¿Y si la ceguera fuera, en última instancia, la condición capilar de nuestra hiperconectada sociedad moviéndose a tientas entre la apática indiferencia y la voluntad de diluirse en el anonimato de las redes sociales?