Los gigantes aparecen en la literatura europea entre finales del siglo xv y mediados del xvi. La inmensidad de sus cuerpos se corresponde con la de su lenguaje. El de Pantagruel es tan inmenso como su cuerpo, e igualmente exorbitante es el macarrónico del poema de Teófilo Folengo. Para ambos, el lenguaje ya no es el signo de un concepto de la mente: es un cuerpo que se puede ver, oír y tocar: un cuerpo fuera de cualquier identidad gramatical o léxico definido.
Para ambos, el lenguaje ya no es, según una doctrina rancia pero todavía dominante, el signo de un concepto del espíritu: es ante todo un cuerpo, que se puede ver, oír, tocar, un cuerpo como el de los gigantes, con su fisiología obscena y su anatomía aún más vulgar.