Como cada cual, también los Reyes pertenecieron a la humanidad doliente.
Y quien no hubiera caído en la cuenta, que abra este libro y se pasee por la vida cotidiana de Austrias y Borbones, hasta la fecha.
Verá que los males de la boca no respetaron categorías humanas y todos acabaron pasando, antes o después, por las manos del dentista.
Cosa diferente fueron las artes de quienes fueron contratados por la Casa Real para dar alivio dental a sus titulares.
Aquí sí que hubo categorías, desde los sacamuelas denostados por Quevedo hasta los dentistas formados a finales del XIX en los mejores centros de los Estados Unidos, claro que mientras estos últimos fueron excepción, no así los otros.
Príncipes y princesas, reyes y reinas, antes o después se vieron en manos de quienes dieron remedio, o al menos lo procuraron, a las agujereadas dentaduras regias, aunque también intentaron hermosearlas y hasta perfumarlas mal que bien.
Sin esta minuciosa narración, quizá pareciera la historia de nuestros Reyes y allegados un impenetrable misterio de la torre de marfil.
Pero no, es precisamente cuando se averió el regio marfil bucal cuando se humanizó su historia.