La vida es sueño o quizá relato, una invención gracias a la cual nos decimos y
somos; contamos el mundo y éste viene a darse benevolente en la palabra, sumiso al verbo,
pero tirano en las formas de su existencia anónima, repartida entre las risas y el llanto de
siete mil millones de personas. Como un tramoyista visionario, canta el poeta la vida y la
muerte de una función sin libreto ni más argumento que el puro acontecer, donde feliz
excava la lombriz su tierra, Bruto mata a César, brilla la luna bajo los pies de Armstrong,
busca refugio el paria en un viaje sin billete o reposan los mil y un objetos inútiles que
Nicanor Parra, enfundado en su jersey grueso, guarda en su casa de Santiago, fría como la
cabaña de un leñador en la ladera de los Andes.