El buen teatro es un fenómeno raro de ver. Van pasando noches de estreno lóbregas, desesperantes, aburridas. No es fácil encontrar la coyuntura de un texto que encaje con la interpretación y con el rayo de luz que haga ver al director y al escenógrafo dónde está el toque de gracia. La noche de Bajarse al moro fue una de esas raras, y ha seguido habiendo tardes y noches de hallazgo para sus sucesivos espectadores.