En Aventuras de una peseta (1923), Julio Camba se pasea por una Europa en la que todavía son visibles los efectos de la Gran Guerra.
Vuelve este coleccionista de países a lugares que, como Alemania e Inglaterra, conoció en tiempos mejores, y que ahora encuentra empobrecidos, sujetos a la devaluación en caída libre de sus monedas de ahí el cínico título del libro, por la relativa estabilidad y fortaleza de la divisa española y abundantes en tipos humanos y situaciones que testimonian una honda crisis social y moral.
Camba consigue el milagro de retratar este panorama desde su aparente ligereza de tono y su declarada inclinación al detalle nimio antes que a los grandes focos de interés noticioso.
Con todo, la llegada a Italia, tercera etapa de su periplo, supone una auténtica revelación: un deslumbramiento de sensualidad y belleza al que el cínico cronista se entrega sin resistencia, antes de ensayar, con su paso por Portugal, una especie de readaptación a los modales y costumbres de su propia patria.
Todo un recorrido espiritual, que resulta tan pertinente al lector de hoy, testigo de otra gran crisis europea y mundial, como a los contemporáneos del gran cronista.
Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962), es sin discusión uno de los cronistas más populares que ha habido en nuestro país, exponente de un estilo conciso cargado de agudas e irónicas observaciones.
Tras unos inicios periodísticos en diversas publicaciones ácratas como El Rebelde, de la que fue su fundador y director, su paso en 1907 por el diario republicano España Nueva, encargado de efectuar la crónica parlamentaria, y su ingreso a continuación en El Mundo al frente de la sección Palabras de un mundano y después como corresponsal en París, lo catapultarían a la fama y le abrirían las puertas de las principales cabeceras de la época, colaborando en ABC y El Sol.
De sus estancias en el extranjero surgirían algunos de sus más afamados libros, como La rana viajera (1920) o La ciudad automática (1932).