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Antología de poetas suicidas

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Antología de poetas suicidas

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Antología de poetas suicidas

  • Editorial: Ardora
  • Fecha de la edición:
  • Número de la edición: 1
  • ISBN: 978-84-88020-88-8
  • EAN: 9788488020888
  • Colección: Vanguardia Clásica
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Dimensiones: 150 cm x 190 cm
  • 352 páginas
  • Idiomas: español
En 1770, con el envenenamiento del jovencísimo Chatterton, conmemorado por Keats, Coleridge, Shelley y Vigny, inicia el suicidio su edad moderna. La muerte real del poeta inglés y la novelada de Werther proporcionan carácter intelectual a un acto que se consideraba de pésimo gusto, salvo que fuese motivado por falta de liquidez o cualquier otro capricho.
El suicida sigue sin poder reposar en tierra sagrada, pero en adelante ocupará un puesto de honor en la mitología artística. A la hora de hacer una anatomía del suicidio , llama la atención que se den por igual los suicidas de vocación y los súbitamente inspirados. Entre los primeros, Kleist, Maiakovski, Crevel, József, Pavese, Sylvia Plath, Jens Bjorneboe... Pero más que la premeditación admira la insistencia en el gesto. ¿De qué huía Ángel Ganivet cuando se arroja desde un vapor al Duina, y tras ser rescatado trabajosamente por los pasajeros aprovecha un descuido para sumergirse de nuevo en la corriente helada? ¿Qué da fuerzas a Yávorov, ciego a resultas de un anterior intento de suicidio, para ingerir veneno y, en previsión de algún accidente benéfico, volarse la tapa de los sesos? ¿Y a Antero de Quental para dispararse dos veces consecutivas? Costas Cariotakis se dirige al agitado Mediterráneo con la intención de acabar con su vida. Diez horas después, la corriente le devuelve sano y salvo a la playa. Entonces regresa a su casa, se cambia de ropa, compra una pistola y se dispara una bala en el corazón... Huían de su propia vida, de sus fracasos artísticos, de sus deseos siempre insatisfechos, de su exacerbada sensibilidad. Exploradores de vastos territorios del alma, expuestos a las más inclementes contradicciones, se encuentran en la tesitura de elegir la sensibilidad o la supervivencia. Pero no debemos creer que los poetas suicidas son una especie sumida en un desánimo que le impide percibir lo que de grato tiene la existencia. Las vidas de estos muertos son un ejemplo de vitalidad extraordinaria. El peso de su sufrimiento no lastraba su paso, sino que parecía dotarles de una maravillosa ligereza.

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