Filip Müller (1922-2013) de origen judío-eslovaco entre 1942-1945 fue prisionero en el campo de concentración en Auschwitz. En el campo pasó por todos los trabajos posibles: al principio fue empleado como mano de obra en la construcción de crematorios y cámaras de gas, después se ocupaba de quitar la ropa de la gente ya gaseada, para devolver luego todos los objetos de valor a los nazis y, como último, quemaba los cuerpos de los muertos. Su trabajo era la única razón por la que los nazis lo mantenían vivo. Fue la esperanza de la denuncia lo que lo mantuvo vivo, hasta 1945 cuando fue liberado