Jean-Pierre Martinet (1944-1993) deambuló por este valle de lágrimas con la impedimenta de las taras, propias y prójimas, el ninguneo y las grandes expectativas derramadas. Voraz lector y crítico esmerado, activista de la lengua desatada y peliculero irredento vio pronto descarriadas sus tres profesiones de fe: el cine, la literatura y el amorío. Enterrado en vida por el anonimato, en los últimos años su mala estrella ha cambiado dando lugar a un culto internacional de entusiastas que lo consideran el más brillante heredero de los agoreros (nihilistas) rusos y del morbo posromántico.